Recuerdos caninos
Saludos
a todos, espero que se encuentren muy bien y muchas gracias, una vez más por acompañarme
en estas aventuras anecdóticas hechas historias.
Me
gustan mucho los videos graciosos de animales, siendo mis preferidos los de los
gatos. Con eso en mente, me he ido al otro lado del espectro, los perros,
porque con ellos también he tenido algunos momentos dignos de recordación,
máxime porque desde siempre, procuro acariciar a cuanto peludo veo, sea en la
calle o en las casas a donde suelo llegar, lo que ha conllevado no pocos sustos.
El
más lejano que poseo, fue de mi tierna infancia, tal vez cinco años. Recuerdo
que íbamos con mi madre por la calle, cuando tuve la mala fortuna de ser víctima fatal
de las terribles fauces de un perro diminuto, porque me agaché a acariciarlo y
el cánido, ni corto ni perezoso, supo hacer presa de mi labio inferior,
causando una herida que sangró profusamente. Llegados a la casa y a instancias
de la dueña (en ese entonces vivíamos en un inquilinato), se procedió a hacer
gala de todo el ingenio popular para trancar la hemorragia, siendo la primera
opción el entonces tradicional “échele café”, para, acto seguido, empezar a
retirar las telarañas de todos los rincones a fin de que me fueran puestas en
la herida, sin que se haya obtenido resultado positivo, con lo que se llegó a
la conclusión de que era necesario que me llevaran al médico, de lo que no
guardo recuerdo del tratamiento empleado. Lo cierto fue que me quedó una cicatriz en el labio como evidencia muda de tan cruel ataque.
Luego de esta vivencia, nos cambiamos de casa de don Amadeo, que era dueño de una perra monumental de nombre Golda, de color oscuro, que solía ser muy gruñona con la gente, pero curiosamente conmigo se entendía bastante bien. Me cuenta mi madre que, alguna vez cuando la fueron a llevar al veterinario, yo me senté al lado de ella y que le dije muy seriamente "Goldita, cuando el doctor le pregunte cómo se llama usted, dígale que Golda Hernández de Rocha". Ni idea que fue de ella, porque al poco tiempo, nos volvimos a trastear de casa.
Otro
encuentro, también muy lamentable, me ocurrió paseando en bicicleta, tal vez a los 12 o 13
años. Dirigiéndome de la casa familiar al taller de mi papá y rodando a mucha
velocidad en mi caballito de acero, me ha sabido salir al camino un perro
criollo enorme, sumamente agresivo que, sin miramiento alguno se me abalanzó,
lo que me llevó a perder el equilibrio, a que la cicla derrapara y terminara metido
debajo de un camión que, para fortuna mía estaba estacionado a borde de calle y
más fortuna fue que el canijo perro no se le ocurrió llegar a donde me había caído,
lo que me causó muchos raspones y que el manubrio de mi bici se aflojara de su
posición habitual.
En
1995, terminando mi estancia en el Ejército, sin pensarlo siquiera, termine por
adoptar a una perrita, criolla también, sumamente simpática y que solía mantener
dando vueltas por el batallón. Le puse por nombre Muñeca, le conseguía comida,
me acompañaba a todas partes, se pasaba en mi oficina y en ocasiones se colaba
en las formaciones de batallón, de hecho, el decir en esos días era que donde
estaba la perra, ahí estaba Rocha, cosa que curiosamente era así.
Poco
antes de mi retiro, la perrita tuvo tres crías, dos se la llevaron unos compañeros
y la última la reservé para mí, pero se la encargué a un soldado que tenía a la
familia en el pueblo donde nos encontrábamos, para poder llevármela unas
semanas después cuando se diera mi salida del batallón. Pero infortunadamente, se
llegó el día de mi partida y el perrito no regresó a mí, porque ya se habían
encariñado con el en el hogar de paso. Luego de eso, no supe qué fue de la perrita, imagino que alguien más la tomó bajo su tutela porque era muy dócil.
Para
septiembre del 2000, adopté otra perrita muy cachorrita, a la que le puse el
flamante nombre de Paca, la cual, por su edad, tenía la particularidad de
devorar cualquier cosa que le cayera en las mandíbulas, en donde tuvieron
triste final un par de zapatos de charol y unas chanclas. Infortunadamente y
´por desconocimiento, no la vacuné en los plazos establecidos para estas
mascotas y le dio parvovirus, razón por la cual, tuvo que ser sacrificada, lo
que me causó mucha tristeza.
La
siguiente en la lista fue Miladi, una French Poodle negra como el
azabache, hija de Shakira, la mascota de mi cuñada Marina, que estuvo con
nosotros tal vez tres meses, un poco antes de que Sofi naciera, pero que también
enfermó sin que pudiéramos hacer nada por salvarla. Lo que mas me gustaba de
ella era esa mirada atenta que tenía, como si entendiera todo lo que estaba
pasando. Fue un golpe muy fuerte para Doris y para mí.
Y sin lugar a duda, el campeón de este Rankin de recuerdos fue Festiniño, otro French Poodle, del cual ya les he hablado, pero por si lo quieren recordar, están este par de historias Diecinueve anos no es nada y Obituario a cuatro patas
También, como les he contado, desde la muerte de nuestro gato Timmy Alejandro, en casa no se han vuelto a tener mascotas, excepción hecha de nuestra inquilina transitoria Milu, que entra y sale a sus anchas, nos acompaña a ratos, se deja acariciar, pero siempre sale a su casa al caer la tarde.
Admiro mucho a las personas que se toman tan a pecho el cuidado de los animales de compañía, ya por el tiempo que requieren, ya por los recursos que hay que tener, es una labor que no resulta fácil. Hoy quise compartir con ustedes algunos de esos recuerdos peludos, porque imagino que todos tenemos historias de esta clase, así que los leo ¿Qué recuerdos tienen de sus animales de compañía o de otros que se hayan encontrado a lo largo del camino? Recuerden comentar y compartir. Un abrazo.
Martín... Que historias tan profundas me encantan!!! Bendecidos todas las mascotas que han pasado por tus manos y por tu maravilloso hogar 💞🙏
ResponderEliminarGracias mil por tus palabras mi muy querida amiga
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