Cuando el niño interior sale a jugar


 Si hay algo que me encanta mucho, es poder reírme de las cosas, y si en ocasiones en esas caigo yo mismo, pues la verdad no me choca.

Hoy en la mañana, pasamos por un centro comercial que está cercano a nuestra casa y me he sabido encontrar estas pirinolas gigantes, así que, ni corto ni perezoso, me subí en una de ellas y empecé a dar vueltas, al punto que ni siquiera me di cuenta de en qué momento Doris sacó el celular para inmortalizar el momento.

Valga la claridad de que la caída no estaba incluida en mis planes de esparcimiento, así que las risas son ciento por ciento genuinas.

Amos el humor, me gustan los juegos, soy de los que pasa por un parque y si veo columpios o deslizaderos, me monto en ellos, porque inmediatamente me traslado a aquella infancia en que los juegos de calle estaba a la orden del día, marcados por raspones cortaduras y de pronto algún chichón en la cabeza, pero con la cara colorada de correr, gritar y jugar hasta quedar rendidos, cuando la hora de entrada solía estar acompañada del grito de nuestras madres: "echen pa´dentro haber" o el punto cúlmen de calle era cuando el día se hacía noche. Esa época en que no nececitábamos videojuegos, sino que para hacer la guerra, hacíamos dos equipos y organizábamos múltiples encuentros: la lleva, soldados libertados, yermis, los quemados, o si se nos antojaba, un picadito de microfútbol.

No faltaban en nuestros bolsillos las canicas de cristal, o los carritos pequeños, entonces las calles se adornaban con pistas de carreras hechas con tiza o en su defecto con un pedazo de teja de barro o adobe, que se despintaba hasta el siguiente aguacero.

O qué decir de las jugadas de trompo o de yoyo, aunque en este último mas bien no me iba muy bien.

Ya con el tiempo, cambié a los juegos de mesa, algo de cartas, dominó, parqués, algunos de memoria y la lectura que no me falta, además de escuchar chistes y hasta ver videos graciosos, porque en lo personal, la risa me ayuda mucho a deconectárme un poco de tanta tristeza que a veces se vive en el mundo o para poder sobrellevar las estupideces de algunos cuantos que son capaces de nombrar en cargos sumamente delicados a desconocedores de los temas que, además, han dejado un mal sabor de boca por abandonar sus puestos antes de haber terminado sus periodos para ponerse a hacer cosas que no correspondían. Pero que le vamos a hacer, estamos en el país del realismo mágico en donde ya, definitivamente, cualquier cosa puede pasar.

Por lo pronto, espero poder seguir disfrutando de la vida, la risa, el humor, el juego, la posibilidad de poder servir según mis probabilidades en espera de que eso no afecte mi salud.

Y ustedes, ¿les gusta que su niño interior salga a juguetear de vez en cuando? los leo en los comentarios. Un abrazo.

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