Cambiando la cara
En marzo del año pasado, les compartí mi letra intitulada Destrozos sociales, misma que les quiero invitar a recordar, para poder dar paso a la historia de hoy, así que, por favor, tómense tres minutitos y regresen si son tan amables.
Listos o no, allá voy.
Esta semana, en una de nuestras caminatas matutinas, nos hemos sabido encontrar un cambio sustancial en aquel paraje del cual les conté, que había sido demolido por los propios vecinos, debido a los problemas que se venían presentando por casos de drogas ilícitas en ese sector.
Pues bien, cuál no sería nuestro asombro, cuando, pasando por el lugar, nos lo hemos encontrado aseado, a las columnas de las bases les cortaron las varillas que sobresalían, emparejaron el cemento y acomodaron en su lugar trozos de guadua haciendo las veces de sillas y mesas y un caballete publicitario en fondo negro, escrito con tiza, donde se anunciaban algunos productos de comidas rápidas.
Por esas cosas de la vida, supimos que la iniciativa del nuevo punto de atención fue de un joven que había vivido hace unos años en el sector y todo indica que iniciaron un pequeño emprendimiento los fines de semana con una oferta gastronómica modesta, pero de nombres muy sugestivos y al parecer, precios favorables.
| Gracias a la bella modelo de la foto |
Debo decir que el acto de remodelación y aprovechamiento del espacio en si me llamó poderosamente la atención, porque la verdad sea dicha, se ve mucho mejor ya que ese lugar, literal, se había echado a perder.
Cuánto vaya a durar esta aventura comercial y culinaria, es algo que desconozco, ya que seguramente se van a dar situaciones disímiles con los vecinos que posiblemente vayan a poner el grito en el cielo porque esa zona no es comercial, pero si me lo preguntan, prefiero que haya ahí un negocio honesto y no un centro de vicio como venía pasando.
Y puedo entender el tema del manejo del espacio público, eso es algo que sufrimos a diario en la ciudad, sino me creen, dense una pasadita por cafeterías, montallantas, remates, ventas de cuido, almacenes de ropa, etcétera, en donde los comerciantes, ni cortos ni perezosos, se van apropiando de sus frentes y usualmente no pasa nada.
Y para ninguno es un secreto tampoco, las problemáticas que se presentan en diferentes ciudades en sus corredores viales exclusivos para transporte público, que se ven inundados de conductores inescrupulosos que sin el menor atisbo de vergüenza, transitan por esos carriles como Pedro por su casa, ante la impotencia de la ciudadanía de a pie y, tristemente en muchas oportunidades, la ineficacia de las autoridades, cosa que tampoco tendría que darse si existiera una verdadera cultura ciudadana frente al acatamiento de las normas.
Y aquí entre nos, les debo confesar que, en muchas, pero muchas ocasiones, me he dejado llevar por la imaginación y el deseo, anhelando tener habilidades telequinéticas como las del Profesor X y así poder detener la marcha de los vehículos que mantienen orondos, pasándose las normas de tránsito por la faja. Incluso me he llegado a imaginar situaciones como, por ejemplo, que la ruta del tranvía de Ayacucho, fuese contenida en un campo de fuerza al estilo "Viaje a las estrellas" donde solamente pudieran circular los peatones y el servicio de transporte en cuestión y adicional, que el guache que llegue a meterse de forma indebida por esa ruta, fuera teletransportado con todo y automotor a uno de los patios del tránsito a ver cómo sale de allá o por lo menos a 10 calles del tranvía para que tenga que hacer una vuelta más larga para llegar a su destino.
No conozco los procedimientos que deben cursarse para poder contar con un permiso de trabajo en zona pública, no se si lo que está aconteciendo en ese punto vaya a durar, sea por los vecinos o por los amigos de lo ajeno que buscan ganar dinero a costa del esfuerzo de los emprendedores. Por lo pronto, puedo decir que el cambio del lugar me parece favorable, y seguramente vayamos a ir a disfrutar de alguna sabrosa vianda, por aquello del antojo.
Nos leemos en la próxima.
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