Si te vi, no te conozco
Cuando era niño, recuerdo que, en alguna parte, tal vez en la casa de mi abuelo Martín, había un libro de cuentos infantiles, en donde se incluían muchas de las famosas fábulas de Esopo, y recuerdo que me gustaban mucho por la manera en que le daba voz a los animales y, de paso, ellos nos dejaban una enseñanza.
Tiempo
después, tal vez en bachillerato, me encontré nuevamente con esas historias
ya con un ojo un poco más crítico, pero si he de ser franco, dejé de pensar
tanto en Esopo cuando conocí los cuentos de los hermanos Grimm que, para
comodidad de muchos de nosotros, los vimos en forma de caricaturas en la
televisión nacional de la época.
Traigo
a colación a Esopo, porque el tema de la antropomorfización de los animales no
es que sea precisamente nuevo, pero si ha venido tomando un auge muy grande en
los últimos tiempos y, si bien es cierto que me gustan estas criaturas, hay
situaciones que definitivamente me descolocan, como que los carguen en coches
para bebés, les pongan ropas, les pinten las uñas o les tengan psicólogos pasa
sus casos de estrés, eso sí me causa estrés.
Poner
a hablar a los animales es un modo recurrente del cine y la televisión y de
hecho puede resultar simpático, ya que en esa materia también tengo mis
preferencias, porque la mente humana requiere de acomodar ideas en sus propios
términos, y que mejor forma de hacer entender a un animal que dándole inteligencia
y voz propia.
Y
me atrevería a decir que todos nosotros, en algún momento hemos tenido
situaciones con animales, sean de compañía o de esos que nos encontramos en el
camino, en que nos quedamos pensando si eso que ocurre no fue fríamente
calculado por el ejemplar en cuestión.
Para
mencionar dos recuerdos, Festiniño, nuestro poodle del cual ya les he contado
algunas cosas, al oírme mencionar “adivinen a quien le toca baño hoy” salía a
esconderse en el último rincón de su casita, debajo de las escalas, hacia donde
me tenia que dirigir para sacarlo y hacerle su aseo.
O
Milo, la gata de mi hermana Clara que, en cierta ocasión cuando Guille mi
cuñado le llamó la atención, sin pensarlo dos veces y a un descuido de el, le propinó un manazo en la cara y salió volada como dando a
entender “a mí no me regañe”.
En
honor a esos compañeros de camino que son las mascotas, les voy a contar una
historia, para lo cual me veo avocado al método de antropomorfización, haciendo
la claridad que esto obedece enteramente a lo que podría considera yo que dice
un perro, aunque no tengo la más nimia idea de lo que puede cruzar por la mente
de estos animalitos.
Si
te vi, no te conozco.
Mi
nombre es Tobby, o por lo menos así es como me dicen en la casa que ocupo, a la
cual llegué hace unos cuatro años humanos. Dicen que soy un Beagle bicolor, yo
solo se que soy un perro que le gusta salir, comer, jugar, visitar lugares y
rondar por aquí y por allá.
Debo
aclarar que, en cuanto al tiempo, los perros no nos preocupamos por eso, pero
para los fines prácticos de mi historia, me veo en la tediosa necesidad de ajustarme
a ese parámetro de los humanos.
A
mi actual hogar llegué una madrugada de abril, raspé la puerta, movido por algo dentro de mi que me decía que allá iba a estar bien, siendo ya un perro
adulto. La humana que me abrió la puerta, se extraño de verme. Al rato, sus crías salieron de la casa y yo me fui detrás de ellos y volví mas tarde al hogar donde he permanecido desde entonces. Mi cuidadora me supo tratar con
mucho cariño, y sus dos crías no es que me hicieran el feo tampoco. Sin
embargo, no han sido pocas las veces en que me he visto limitado por una soga
al cuello para evitar que me vaya de la casa, ya que me ha pasado que salgo y
tardo mucho en regresar.
Lo
que la gente no siempre sabe, es que los perros que hemos vivido en la calle, tenemos
muchas maneras de sobrevivir, aunque si soy franco, me gusta ya más la
tranquilidad y la seguridad de la casa, tengo agua, comida, una sombra
reconfortante para estos calores que hacen en este pueblo y me sacan a pasear
por lo menos dos veces al día.
Pero
en muchas de mis correrías he terminado conociendo otros humanos que me brindan
cuidado, así sea por un rato. Tengo un humano que maneja lo que sus congéneres
llaman un taller de mecánica y montallantas, al cual visto con alguna
frecuencia, me tiene agua, comida y una cobija. Yo voy, lo acompaño, me duermo
un rato y vuelvo y salgo, aunque las cosas tomaron un cariz distinto cierta vez
que una vecina de mi humana me vio allá y se dio una conversación que más o
menos decía así:
- Humana vecina. Tobby, ¿usted que hace acá?,
lo están buscando hace días.
- Humano taller. ¿Usted conoce este perro?
- HV. Si señor es de por mi casa, lo que
pasa es que es muy andariego y lleva como tres días fuera, la dueña pensó que
le había pasado algo.
- HM. Ese perro viene mucho por aquí, yo
creí que era de la calle. Un día le puse comida y agua y desde entonces viene a
veces, come, se recuesta, deja que lo sobe y sale y se va.
- HV. Tobby, camine a ver, yo lo llevo.
Ante
esas palabras, y todavía no se por qué, me paré y seguí a esa humana, ya que su olor me era familiar. Cuando llegue a casa, mi humana se alegró mucho, pero inmediatamente
me puso la soga al cuello y mis andanzas tocaron punto final por muchos días.
Otra
de mis estrategias para sobrevivir cuando no estoy en casa, es acercarme a unos lugares que los humanos llaman restaurantes, donde no son pocos que me han
ofrecido comida cuando me siento juicioso con mi mirada triste.
Precisamente,
hace unos días, estuve a punto de ver frustrada la adquisición de un jugoso
pedazo de pollo por culpa de dos humanos que estaban de visita donde otra
vecina de mi cuidadora y que vienen con cierta regularidad y siempre me saludan
y acarician.
Pues
resulta que yo estaba muy presto en mi papel de velador de comida, cuando de
repente escuché que me llamaban alternadamente el humano y la humana “Tobby,
Tobby, ¿usted que hace ahí? camine para la casa”. A poco estuve de salirme de mi
personaje de pedigüeño, viendo la insistencia de aquel llamado. Por suerte para
mí, los humanos que estaban comiendo no se dieron por enterados que el asunto
era conmigo y al final, mi paciencia tuvo su recompensa, no con un muslito,
pero si con un jugoso costillar de pollo.
A
esos mismos humanos que me estuvieron llamando, suelo acompañarlos en la
distancia a veces, cuando salen a caminar, sobre todo en las tardes al bajar la intensidad del calor, salimos los tres, yo me adelanto y me atraso, y dejo
que ellos entren a diferentes lugares, a veces nos regresamos juntos, otras
veces cada uno por su lado.
Aunque
ya últimamente, mi espíritu aventurero no está tan motivado, prefiero la
frescura de mi acera y salir lo necesario, ya me canso mucho y me empieza a
doler un poco mi cadera, así que mis aventuras en la calle andan muy limitadas,
y es algo que me gustaría para mis amigos de andanzas, porque la calle es muy
dura. Si, hay humanos muy lindos que nos quieren y nos alimentan -aquí cuento los míos-, pero hay
otros que son unas verdaderas bestias y que no me explico cómo pueden hacer
parte de ese grupo de humanos.
Pero
¿qué puedo decir sobre eso? solo soy un perro que le corre a esos olores
horribles que esos humanos feos poseen, eso si es parte de mi instinto.
Y hasta aquí una breve historia de un perro medio callejero, medio casero. Espero que les haya gustado y que esto les permita pensar y valorar a mis hermanos perrunos, gatunos o “animalunos” con los cuales ustedes, humanos, convivan. Quiéranlos bastante, somos muy buena compañía, pero por favor, no nos anden poniendo ropa, o pintando uñas, eso déjenlo para ustedes. Los animales somos muy orgullosos de lo que somos, y cuando se encuentren con alguno de nosotros en la calle, si no tienen comida, al menos dennos una voz de cariño, muchos somos muy temerosos por las malas experiencias con humanos perversos.
Y
gracias al humano Martín, quien me prestó este espacio para contar parte de mi
historia.
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